Por ese interés mío particular de ser honesta y tal, voy a confesar que soy bastante crítica de las enfermedades psicosomáticas. Peor aún de aquellas enfermedades, condiciones o patologías que no se manifiestan con evidencia física sino que se quedan en la cabeza del doliente. La depresión, la agorafobia o acrofobia, la ansiedad ante pruebas (¿hay una palabra en español para eso?), el estrés post-traumático... yo soy (era) de las que piensa (pensaba) que el doliente debía "dejar la maricada", salir a trotar o algo, y desear estar bien. Claro, igualito que con una gripa: cuando tu deseas estar bien y curarte, ya, de una, *BAM*, te curaste. ¿Cierto? Igualito. Y eso que mi mamá es psicóloga y tal, entonces yo ique tenía una profesional en casa que me hiciera caer en la cuenta de mis errores. Pero junto con mi mamá, que trata a gente con "enfermedades del fantasma" (traducción literal del alemán, pero en serio la traducción correcta es "enfermedades del alma" ...
a veces, por mucho que intentemos, es imposible sacarnos la realidad de la cabeza...