Digamos que he estado pensando en hacerme un tatuaje. Digamos. Y digamos que hay días en que me levanto y tengo en mente exactamente el diseño que quiero, y sé exactamente donde lo quiero, y el tamaño y los colores; y digamos que lo he comentado con mis amigas cercanas y, aunque ninguna de ellas tiene tatuajes, les parece una idea genial. Digamos que mis amigas dicen que también lo han pensado, pero que quieren esperar a conseguir trabajo en el que el tema del tatuaje no sea problema (ya sabes que a algunos empleadores conservadores no les gustan los tatuajes visibles). Digamos que mis amigas me apoyan, y hasta me han dado recomendaciones y me han dicho que me acompañarían a tatuarme. En esos días en que me levanto toda positiva, voy hasta el salón de tatuajes y pido mi cita y me siento a hablar con el artista. Y definimos todo. Le gusta mi piel, dice que es apta para la tinta. Le gusta el sitio que he elegido y le parece fascinante el diseño que tengo en mente. Se puede hacer sin ...
a veces, por mucho que intentemos, es imposible sacarnos la realidad de la cabeza...