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Del buen suceso que tuve en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación

Y fue así como, a las 5 de la madrugada, ya estábamos camino a Bremen - igual que, una madrugada de principios del siglo XIX, quizá también a las 5, un burro partió de su hogar para huir a la muerte, "porque en cualquier parte de puede encontrar algo mejor que la muerte", camino a Bremen. Yo no partía precisamente de la muerte, pero sí de una migraña que esperaba se quedara esperándome en Kiel. La muy descarada, similar al perro, luego al gato y al gallo, me acompañó en todo el camino.

En algún momento de lucidez - o quizá fue precisamente en algún momento de no lucidez, en el momento cuando el alba comienza a tomar posesión del momento y la noche comienza su lenta retirada, no sin hacerlo a regañadientes y con fuertes y pesadas nubes que impiden el paso de los nacientes rayos de sol - a lo lejos divisé gigantes. Gigantes contra los que había que batallar, claro, para dejar en libertad a los aldeanos de estos fríos territorios germánicos, claramente atemorizados por el llanto circundante de las bestias. Sancho Panza intentó hacerme caer en la cuenta de que mis gigantes terroristas no eran más que Windkraftanlagen, y Rocinante no hacía más que llevarme de regreso a los brazos de Morfeo, y los gigantes burlándose de mi con cada aleteo de sus tres brazos, con cada gesto circular, con cada bostezo burlón.

Ni el burro, ni el perro, ni el gato, ni el gallo llegaron jamás a Bremen. Yo tampoco. Ni Don Quijote pudo conquistar a los gigantes. Yo tampoco. Pero es que las aventuras no se miden por sus logros o sus fracasos, sino más bien por lo que uno haga de ellas. En medio de mi migraña, con los ojos vendados para evitar la fotosensibilidad, en una Autobahn donde uno va despacio cuando va a 160 km/h, viendo la neblina pelear con el sol de la naciente primavera, oyendo a los inmarcesibles Windkraftanlagen riéndose por haber ganado la misma batalla dos siglos después, riéndose por seguir ganando la misma batalla con el mismo disfraz, recorriendo el mismo camino de los músicos de Bremen que nunca llegaron a Bremen...

Fue ese, en efecto, el buen suceso que tuve en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación.

(Y no es plagio - es un tributo rendido a varios maestros literarios. Si Usted no ve las referencias, eso ya no es culpa mía...)

Comentarios

  1. Todavia no creo que haya sido migraña... pregúntale please a Sancho Panza...

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