miércoles, 28 de octubre de 2015

Sin obligaciones

Porque yo soy una cobarde que se auto-censura, este post va en metáfora (como la de hace unos años sobre la pasta de dientes).

Llevo 5 años en Alemania - mi esposo 6 - y a los dos nos encantan las manzanas. A veces parece que me gustaran a mi más que a él, pero la verdad es que a ambos nos gustan. Ful. Y lo chévere de vivir aquí es que todo tiene su temporada, entonces uno nunca se cansa de nada. Al final del verano empieza la temporada de manzanas, y entonces uno (o sea, yo) empieza a emocionarse con todo lo que puede hacer con ellas, porque desde el año pasado no había manzanas. Ahora empieza la temporada de pie de manzana, pastel de manzana, Apfelstrudel, manzanas caramelizadas, compota de manzana, tarta de manzana, jugo de manzana, mermelada de manzana... ach, me siento como Buba en Forest Gump haciendo el listado de las cosas que se pueden hacer con camarones - soy muy chistosa.

Estamos felices con la temporada de manzanas (aunque signifique frío) y no podemos esperar a que lleguen a nuestra casa las primeras manzanas.

Al llegar a Alemania, yo hace 5 y mi esposo hace 6 años, le dijimos a todo el mundo que nos encantan las manzanas. Lo dijimos en chiste, en serio, por escrito, por teléfono... y lo que pasa es que para muchos alemanes son un encarte sus árboles de manzana (que crecen como palos de mango en Barranquilla) porque son demasiadas manzanas y no saben qué hacer con tanta cosa buena. Entonces la primera vez que nos preguntaron si queríamos manzanas, dije que SÍ con tanta emoción que me trajeron demasiadas - ja ja. Hice cosas deliciosas (gracias a mi hermana por los tutoriales) y se acabó la temporada y ajá.

Al año siguiente volvió, y otra vez dije (directa e indirectamente, por escrito y en vivo y por teléfono) que quería manzanas. Y o me las trajeron o me invitaron a ir por ellas. Y otra vez fue una temporada deliciosa.

Lo mismo al tercer año. Y al cuarto. Y ahora estamos en el quinto...

Ya mandé mi mensaje al Cartel de la Manzana, pero estoy tristemente sorprendida de la falta de respuesta. Es decir, no es como si al regalarme manzanas (que en serio son entre 5 y 10) se les fuera a acabar el árbol; ni tampoco que yo exijo servicio a domicilio (yo siempre ofrezco pasar por ellas y recolectarlas yo misma) ni mucho menos. Y no es como si la gente del Cartel de la Manzana no supiera que las quiero - este es el quinto año consecutivo de esto.

¿Y entonces? ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué siento que estoy rogando por manzanas, que en últimas NO necesito?

Mira: yo no le voy a rogar manzanas a nadie. A nadie. En mi familia (Honey, #littleBabyHergett y yo) nadie le va a rogar manzanas a nadie. Nosotros podemos perfectamente comprarlas o no comer manzanas una temporada. O si no, conocemos suficiente gente en Kiel para hacer un Cartel de la Manzana nuevo, con gente nueva que sí nos quiera regalar las manzanas. El regalo de las manzanas no es porque seamos pobres y no tengamos con qué pagarlas (aquí son tan baratas como el mango en Barranquilla), sino porque es una bonita tradición esta de recolectar las manzanas que crecen silvestres en tu jardín y regalarlas a los amigos. No es limosna - es cariño.

Y yo no voy a obligar a nadie a que me quiera.

¿No me quieres dar manzanas? Fresco. Quédatelas. Son tuyas de todos modos. Yo no necesito tus manzanas. Es más, ya ni las quiero. Ni me las traigas. Regálalas a tus otros amigos, porque parece que tienes muchos, y comparte con ellos tus manzanas.

Yo no voy a obligar a nadie a regalarme manzanas, porque no voy a obligar a nadie a que me quiera. Mi familia y yo estamos perfectamente bien sin tus manzanas. Ya de otros amigos recibiremos fresas en su época, o moras o peras o papas o pastinake. Ya no quiero tus manzanas. No quiero nada de ti.

Que te aproveche.

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